Dos relatos de Jorge Aranda @JArandaSanidad
Publicamos los QUINTO y SEXTO textos que hemos recibido en la muestra de relatos cortos ‘Desconfinando la lucha’,
Ana Isabel (1)
Qué divertida es “la Leandra”. Con lo chiquitita y lo poca cosa que es pero es que no para. Yo no sé de dónde saca tanta energía. Y mira que es mayor que ya le queda nada para jubilarse. Todo el viaje en tren se lo pasa contándome cosas y me hace mucho de reir. Estoy deseando que lleguemos a Getafe para que se suba ella y se siente conmigo, que la parte del tren que hago desde Pinto yo sola me aburro y se me hace más pesada. Es que, en cuanto se sube ella, todo el viaje hasta el Ramón y Cajal se me pasa muy rápido con lo simpática que es. No como las chicas jóvenes que se ponen con los auriculares y el móvil y se pasan calladas todo el viaje. Menudas secas. Me gusta más ese trozo del viaje que pasamos juntas que cuando llegamos ya al hospital. Ahí ya se acaba el rato agradable. En el vestuario nos cambiamos y luego cogemos los carros y ya me quedo sin las amigas. Lo largas que se me hacen las tardes, yo sola, “bailando“ con la mopa. En eso he tenido muy mala suerte. Otras que son más jóvenes tienen sitios que no son tan fatigosos. Pero a mí, traumatología. Jobar. Con lo grande que es lo tengo que limpiar yo sola. Y la gente pasando, así cunde mucho menos. Y las veces que ya a última hora que ya lo tengo casi todo hecho y tienen que quitar otra escayola y se queda todo lleno de ese polvillo blanco tan difícil de limpiar. Ese polvillo que deja la escayola que no sale le des con lo que le des. Yo hay veces que ya no puedo más. Para limpiar los pies de los bancos me tengo que poner de rodillas y tengo mucha artrosis y me duele muchísimo. Mira que las rodillas mucho pero cada vez más también me duelen las manos. Yo no sé. Así no puedo seguir. Todo ‘trauma’ yo sola es mucho. Es verdad que Luisa se hace ella sola los tres gimnasios de rehabilitación, que eso sí que es mucho. Pero ella es más joven y tiene una fuerza como un hombre.
Yo me acuerdo que cuando me tocaba limpiar lo de las anoréxicas no era tanto trabajo, pero me dolía por ver así a las chicas (porque eran todas chicas, ningún chico). No están flacas como una chica flaca, es que están demarcadas. Parecen fantasmas. Y yo que las veía tan delgadinas y pensaba “jobar, y toda esa fuerza de voluntad que tienen, por qué la usan para hacerse daño a ellas mismas”. Y eran chicas listas, que no eran bobas. Alguna con carrera y todo…
A ver si me jubilo ya. Es mucho trabajo por las mañanas llevar al nieto al cole, la compra, hacer mi casa, la comida y la cena y luego venirme hasta el hospital. Llego a casa de vuelta muy tarde y cuando llego otro montón de trabajo en casa. “¿qué pasa?” Me dice mi Manolín cuando me ve acabar de fregar el suelo de la cocina “¿Que empieza el turno de noche?” Con lo guapo que es el condenado se lo consiento todo. Ya lo podía hacer él en vez de reírse de mí que yo vengo de trabajar. Y para estar a las 14:30 cambiada y limpiando en el Hospital Ramón y Cajal mira a qué hora tengo que salir de Pinto. En la otra punta de Madrid. Y cuando llego de vuelta ya son las tantas y llego cansada.
Es verdad que el hospital me pilla lejos. Pero estoy mucho mejor aquí que cuando hacía portales. Aquí no hace frio ni tengo que ir de uno a otro y pasarme todo el día en el autobús. Y pagan mucho mejor. Aquello no era vida. Te pasabas todo el día en el autobús de un sitio a otro para hacerte cuatro portales y sacarte una miseria. Lo que pasa es que ya no soy joven y me duelen los huesos.
Las que hay en el sindicato ahora son majas. Me fio de ellas. Pero no son como las que estaban antes. “Tori” ya se jubiló. Esa sí que era valiente y nos defendía. Cuando los despidos fue de las que se encerró en el hospital. No sé cuántos días estuvo en huelga de hambre, sin comer nada, para que las readmitieran. Que al final lo consiguieron y no las echaron a ninguna, perro muchas de las de la huelga de hambre les afectó a la salud y a Tori le quedaron ya problemas de riñones para siempre.
Vaya miedo que hay ahora con lo del Coronavirus. Dicen ayer las de urgencias, sobre todo amarillos, una locura. Que venga a entrar gente tosiendo y roja de que les cuesta respirar. Huy. A mí me da miedo. Dicen que a quien es viejo, que a los jóvenes no les pasa nada. Dicen que tengamos cuidado de no contagiarnos y que esto va a ser muy serio y que nos traerán mascarillas. Pero no podemos faltar. Qué sería del hospital sin nosotras.
Alberto (2)
Por Jorge Aranda @JArandaSanidad
Menos mal que me he bajado con el coche y no con la moto. Acabo mi turno de 24 horas seguidas de trabajo y estoy reventado. Pero reventado. Cuando era un chaval me pasaba toda la noche de fiestón y luego me iba de empalmada a escalar y aguantaba muy bien. Pero debe de ser que se notan ya los 40 años. Hoy estoy hecho polvo. Menudo turno duro. Anda que no hemos salido veces. Me siento ahora después de mucho tiempo. Aunque sea en el asiento del coche. Y la espalda la tengo destrozada. A ver si voy al fisio o lo que sea. Pero qué me va a decir. Me machaqué otra vez el disco de las lumbares en aquel incendio. Que tengamos cuidado y no hagamos movimientos ni esfuerzos bruscos. ¿Y qué hago? ¿No me tiro a sacarlo como sea? Un segundo más y ese señor se quema ahí vivo. Qué sí. Que este trabajo es muy bonito y mola y estás trabajando y el ambiente es genial. Pero hasta los más jóvenes. Aquí estamos todos cascados. Los codos, las rodillas, la espalda… El que no es una cosa es otra. Es que aquí con las oposiciones que hay ya entras muy tocado de algo. Las pruebas físicas que nos toca pasar destrozan a cualquiera.
Me acuerdo la primera vez que abrí una casa para levantar un cadáver. Estaba todavía de prácticas después de la academia. Llamaron los vecinos que ese abuelete hacía mucho que no le veían. Joder si huele fatal toda la comunidad desde el portal. Ahí tiene que pasar algo. Me preguntó el sargento si me daba aprehensión. “No”. “¿Por qué?” le respondí sin pensarlo mucho. Cuando cede la ventana entramos. La casa está bien, a oscuras pero en seguida lo encontramos. Un cadáver en descomposición en mitad del suelo. Joder. No sé cuanto puto tiempo lleva ahí ese hombre. No quiero ni pensarlo, pero no tiene vientre, solo la columna vertebral con trozos de carne verdosa y hay un charco de líquido debajo. Y qué olor más insoportable. Me acuerdo que yo había cenado merluza con guisantes. Nunca he sido de estómago delicado pero ese día lo eché todo. La merluza y los guisantes.
Es verdad que el primer cadáver en descomposición que ves no se te olvida nunca. Pero lo que hemos hecho hoy de la residencia de ancianos es una locura. ¿Cuantos cadáveres hemos sacado?¿Cómo pude ser? ¿cómo pueden tener a los abueletes así? Yo entiendo que las que trabajan aquí no son las responsables. ¿Pero entonces quién? No lo sé pero lo que ha pasado no es normal. No es normal que nos llamen y estemos horas sacando cadáveres y más cadáveres de una residencia. ¿Es que nadie supervisa eso? ¿Es que nadie ha hecho nada? Joder ¿no saben llamar a una ambulancia y que les lleven al hospital? Les da igual lo que les pase a la gente. Que sí. Que hay un virus muy contagioso y que hay que tener cuidado. Pero esto no es normal. Pensar que un día mis padres puedan estar así me enerva. Se me llena la mente de blasfemias horribles y se me acaban las palabras. Y tengo muy claro que pase lo que pase yo nunca acabaré en un sitio así.
No veo la hora de llegar a casa y acostarme. Me duele todo el cuerpo pero me duelen sobre todo los ojos y la cabeza. Me duelen muchísimo . Como si me fueran a estallar. Necesito cerrarlos durante horas. Desconectar. Desaparecer. A veces pienso que no me tenía que haber apuntado a lo de la ONG esa que estoy que voy de voluntario a desinfectar. No me importa hacerlo pero es tiempo que me quito de descanso. Igual me he pasado de cosas y tengo que aprender a decir no. Pero es verdad que son tiempos difíciles y toca arrimar el hombro. Ya descansaré un poco más cuando esto pase. Pero es verdad que acumulo mucho cansancio y conducir o las actividades peligrosas del curro así de fatigado y sin dormir multiplican los riesgos.
Pero salgo del coche y ya están esperándome en la puerta. Llegar a casa es otro mundo. Me espera mi familia, mi hijo, mi hija y mi compañera “Alber te tienes que quedar tú con los niños”. “Me han llamado del ambulatorio que vuelvo a tener turno”” Que están desbordados y hay compañeras de baja. Estoy cansadísima pero tengo que irme”. “A la niña la acabo de dar el pecho así que aguantará unas horas sin pedirte”. Es verdad. mi compañera trabajó de psicóloga en un centro de mujeres víctimas de violencia machista pero también es enfermera y ahora trabaja de eso. Si se tiene que ir se tiene que ir. Vaya. Otro día más que no duermo.