El apoyo mutuo y la solidaridad, armas contra la desesperación

D. tiene dos hijos, uno mayor de edad y otra de nueve años. Vivía con ellos en el madrileño barrio de Carabanchel en una casita alquilada. Su casero y dueño de la vivienda no pudo pagar la hipoteca que tenía con el Deutsche Bank y la entidad bancaria se quedó con la casa. Pero D. seguió viviendo en ella. Hace unos meses, la entidad alemana, que cerró el año 2014 con unas ganancias netas de 1.691 millones de euros, un 148% más respecto al año anterior, inició un procedimiento para desahuciarla. A pesar de los continuos intentos de negociación de D. y de la Comisión de Vivienda de la Asamblea Popular de Carabanchel, a la que esta se había acercado, el banco alemán reclamó a D. 11.000 euros por haber hecho uso de su propiedad. Mientras D. se había quedado sin trabajo y sin recursos, situación de desamparo en la que continua ya que actualmente tan sólo percibe unos ingresos de 300 euros a través del REMI. Pero ante la amenaza de desahucio, D. abandonó la vivienda sin que por ello el Deutsche Bank dejara de perseguirla judicialmente para reclamarle la supuesta deuda. Sin vivienda estable y sin trabajo D. ha sobrevivido estos meses como ha podido. En octubre, acudió al médico de atención primaria quien, ante su extremo estado de angustia y estrés, la derivó inmediatamente a los servicios de Salud Mental para que la trataran. Pero ante la lista de espera, los servicios sanitarios le dieron cita para dos meses más tarde. A principios de noviembre D. no aguantó más e intentó suicidarse. Un drama más que habría pasado desapercibido si la Comisión de Vivienda de Carabanchel no hubiera denunciado públicamente el caso.

Y es que, desde que comenzó la crisis, el número de suicidios en el Estado español ha aumentado. En 2013 – los datos de salud pública no siempre están disponibles, a veces hay que esperar años para tener las tasas de suicidio, mientras que la información de los datos económicos se da trimestral o incluso mensualmente- según el Instituto Nacional de Estadística, se quitaron la vida 3.870 personas, la cifra más alta de los últimos 25 años.

Aunque no se puede establecer una correlación clara entre crisis y aumento de los suicidios, sí que hay evidencias de que las grandes recesiones económicas tienen también duros efectos sobre la salud mental y, potencialmente, conducir a quitarse la vida. Según apuntó un estudio realizado a mediados de 2014 por investigadores ingleses en base a datos de 24 países occidentales, las crisis pueden empujar al suicidio a través de tres vías. Primero, la pérdida de trabajo es un factor de riesgo independiente para el aumento de depresiones y suicidios, que son unas 2,5 veces más frecuentes entre personas en paro. El endeudamiento, como consecuencia del desempleo, es otro factor de riesgo independiente. Y, en tercer lugar, deuda y desempleo dan lugar a la ejecución de hipotecas y desahucios que están a su vez asociados con depresión y trastornos de ansiedad.

“Aunque el aumento en la demanda de atención sanitaria por problemas emocionales y en el consumo de psicofármacos es una tendencia anterior a la crisis, hay bastantes estudios que han encontrado un aumento aún mayor durante esta. Por ejemplo en la Encuesta Nacional de Salud de 2011-2012 se pueden observar algunos efectos de las condiciones socioeconómicas en la salud mental, fundamentalmente cómo el consumo de ansiolíticos y antidepresivos está correlacionado con ser de una clase baja, estar desempleada, tener problemas de vivienda o estar a cargo del cuidado de una persona dependiente”. explica María Reneses investigadora en salud mental y activista en la Plataforma de Afectad@s por la Hipoteca (PAH) de Vallekas. “Según cifras de la OCDE (2000-2010) El consumo de antidepresivo ha crecido de media por encima del 80% en Europa en tan sólo diez años, y en España el crecimiento ha sido superior al 120% (lo que podemos atribuir en parte a los efectos de la crisis)”.

Según Reneses “la influencia del género en las diferencias en consumo de psicofármacos y de demanda de atención es clara. Según la encuesta nacional de salud de 2010 , la prevalencia de problemas de salud mental en las mujeres era del 24,6% frente al 14,7% de los hombres. Se han señalado diferentes factores a tener en cuenta respecto a estos resultados. Por un lado a los hombres se les diagnostica con mayor frecuencia abuso de sustancias y trastornos de personalidad y a las mujeres ansiedad y depresión, lo que en parte se puede entender cómo diferentes maneras de responder o de experienciar la depresión. Los hombres tenderían más a la ira y al consumo de sustancias, y las mujeres a la hiperactivación y a la tristeza”. Y añade: “habría una tendencia, además, de entender la ira y la agresividad como menos patológicas. Otro aspecto relevante es que las mujeres por cuestiones culturales están más predispuestas a pedir ayuda, y en general a demandar servicios de salud, y habría factores cómo la sobrecarga debida a la ‘doble jornada’ o al cuidado de los familiares dependientes que podrían explicar también la mayor demanda”.

Reneses que está estudiando los malestares derivados de la crisis, sostiene que “Lo central del problema de la hipoteca es el tema de la deuda. De algún modo, los relatos sobre el emprendedor y el trabajador orgulloso estarían dando paso a los que transfieren los costes y los riesgos de la catástrofe económica a la población, ante la externalización de los mismos por parte de las empresas y el Estado. La deuda es inseparable de la producción del sujeto deudor, impone un ‘trabajo sobre sí’ que implica la producción de una subjetividad culpable y responsable”. Y añade: “uno de los elementos claros que se da ante la pérdida de empleo o de la vivienda es la vergüenza, que aparece cuando el yo no se encuentra a la altura del ideal, lo que da lugar al sentimiento de inferioridad y a la desvalorización que caracterizan la depresión. Para que aparezca la vergüenza y con ella la depresión, la persona debe responsabilizarse de su situación. Debe entender que su miseria no es sólo fruto de la desigualdad social, sino de su incapacidad”.

Reneses subraya el papel “terapéutico” que puede tener una organización como la PAH. “En mi estudio el efecto de la PAH se ha mostrado muy positivo en términos emocionales, incluso las personas que han pasado por psicología y por tratamiento farmacológico describen una mayor mejoría tras participar en la Plataforma. En este sentido, su trabajo es clave. El simple hecho de llegar a la primera asamblea y presentarse, de poner en común la situación personal supone cierto alivio en relación a ese sentimiento de vergüenza, que se instala precisamente a partir de lo indecible. También comprobar que uno no ha sido el único ‘tonto’ al que han engañado sino que la estafa ha sido global”.

La activista remacha: “la vergüenza, la sensación de no estar a la altura –ambas características de la depresión- tienen que ver con la responsabilización. Este sentimiento de responsabilidad se quiebra en la PAH al poder realizar un análisis crítico de la realidad y un relato compartido sobre lo ocurrido. La búsqueda de soluciones comunes, minimiza la sensación de responsabilidad individual sobre la propia vida y sobre la propia precariedad”. Para esta psicóloga, “la sensación de aislamiento y soledad que predomina y resulta más explícita, disminuye cuando uno comprueba que lo que le sucede le pasa también a los demás. No es casual que el lema de la PAH sea ‘No estás sola’, se trata de desafiar la lógica de la subjetividad neoliberal por la que uno debe hacerse cargo en soledad de la gestión de su vida y sentirse responsable de sus fracasos: la autoregulación da paso al apoyo mutuo, la competencia a la solidaridad”.

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